Ayer estuvimos de excursión, fue una breve escapada... de la rutina, del día lluvioso, de la ciudad... Fuimos a la sierra, a unos kilómetros de la gran ciudad se nos iluminaban las pupilas al verde de la naturaleza, aunque el día estaba muy nublado y llovía a trozos, el campo desprendía una luz cegadora... la luz de la pureza, de la meditación, de la tranquilidad... Viendo tanto campo, tantos árboles... estos ojos tan acostumbrados al ladrillo encuentran tanta paz en la contemplación de aquel arroyo pequeño, de la rama rota de un alcornoque, en las grandes piedras que sujetan a las encinas... Llegamos al pueblo pequeño, blanco, modesto, pero con su iglesia, sus campos separados por muros de piedra, sus establos y su majestuoso castillo, testigo mudo e inmemorial de la vida de sus vecinos... Aunque era mañana de domingo, todos estaban en sus casas al abrigo de la lluvia y del día frío y ventoso... Al ser pueblecito se recorría pronto... había un sendero que llevaba al castillo pero mi niña es pequeña para andar tanta piedra, así que nos fuimos al río... Los niños iban dormidos por el mecer del coche y al bajar quedaron asombrados por cambiar el asfalto por un manto de hierba y florecillas y el claxon de los coches por el rumor del río... Mi niña señalaba todo el tiempo el arroyo y decia... "awa... awaaaa..." Le gustó mucho el río... Mi niño me hacía regalos de flores de manzanilla y jugábamos al "me quiere, no me quiere..." con ellas... Hacía frío, el aire serrano cargado de la humedad del día y del arroyo puso a los niños sus mofletes y naricillas rojos, estaban muy graciosos... Comimos algo y paseamos por la ribera, andando sobre las piedras y sorteando charcos, oliendo la tierra y la hierba mojada, mirando al horizonte buscando verde y montañas y dejando pasar al alma la alegría de la naturaleza... Al rato, ya cargados de energía, de vida, de la ilusión de campo volvimos a casa contentos todos por haber pasado una bonita mañana de campo...
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